La alfombra mágica de Álvaro Cunqueiro

Por Marcelo Rioseco

Cuando escribí esta columna Francisco Umbral había muerto hacía dos semanas y confieso que en ese entonces me hubiera gustado conocerlo. También me hubiera gustado que hubiese leído una crónica mía escrita a favor de Álvaro Cunqueiro. En algún libro, Umbral se preguntaba por qué Cunqueiro no estaba hoy entre los grandes. Yo, desde que comencé a leerlo, hace diez años o más, me he preguntado siempre lo mismo. Siempre me pareció que la lista de escritores de literatura fantástica, encabezada por Borges, había sido injusta con él. Y Borges también. No sé de ningún libro o ensayo donde el gran escritor argentino lo nombre en parte alguna. Era entendible que Borges omitiera a Tolkien o a Ursula Le Guin —no en balde las lecturas de Borges estaban hechas de maravillosas exclusiones—, pero me parecía que el nombre de Cunqueiro no desmerecía la atención del porteño. Lo cierto es que no sólo no llamó la atención del Borges, sino que tampoco de la crítica española más importante de la época, la cual fue mezquina, liberal y madrileña. Galicia le restituyó lo que el resto del país le negaba, pero aun así no es suficiente para un escritor que sobrepasa la categoría de escritor de provincia o de personaje culto, escritor de leyendas y notable chef de cuanta exquisitez existe en las que fueron sus tierras gallegas. Intuyo que a Umbral lo deslumbraba el lenguaje de Cunqueiro. Su reivindicación, como la mía, pasa por haberse maravillado con lo que en literatura se llama una página perfecta. Cunqueiro, el barroco, poeta y alcalde de la provincia de otro ingenioso, Francisco de Guevara, fue para la literatura, escrita tanto en gallego como en español, una posibilidad para la imaginación cuando Borges todavía no existía en España. Aunque Borges sí existía en esa época y había vivido en Madrid inventando junto con su maestro Rafael Cansino Assens el ultraísmo y otros excesos metafóricos. 

A Rulfo y a Cortázar lo beneficiaron el boom latinoamericano y a García Márquez el haber reinventado Latinoamérica, aunque el colombiano no se lo propusiera. O se lo propusiera y después lo negara. A Cunqueiro, al parecer, lo perjudicó Franco. No porque el dictador español lo persiguiera, sino por unos versos elogiosos que Cunqueiro le escribió a Franco y a otro personaje abominable de la historia de España, José Antonio Primo de Rivera. Alejandra Pizarnik se burlaba amistosamente del izquierdismo de Cortázar, pero nadie se tomó con humor el franquismo de Álvaro Cunqueiro. Sin embargo, después de Pound, sabemos cuánto valen las opiniones sobre política que vienen de la pluma de un escritor y que asombrosamente no empañan su obra literaria si esta no se entrega al proselitismo político. Neruda alabó a Stalin sin vergüenza y muchos grandes escritores latinoamericanos no sintieron pudor a la hora de cenar con Fidel Castro (García Márquez, entre otros, que en Cuba se nos aparecía más revolucionario que el mismo Che Guevara). Pero tampoco hay que olvidar que algunos amigos de Cunqueiro habían muerto, en 1936, a manos de las tropas insurrectas. Aún así, sus libros, entre los cuales se encuentran algunas de las más logradas páginas escritas en español, sobreviven en una suerte de difuso anonimato. 

Cuando comencé a leerlo no sabía de sus vaivenes políticos ni de su frustrada vida literaria madrileña. Lo que sabía de él es que les hablaba a los ángeles y que si uno viajaba a Galicia podía encontrar tesoros que dormían en los bosques y que se levantaban para seguirlo a uno apenas se dijera en voz alta: “¡Levántate tesoro!” Yo lo intenté varias veces, pero no funcionó. Con él viajé junto a Simbad el marino y supe del holandés errante que todavía anda por ahí asustando a la gente. Sus libros eran maravillosas ficciones, por supuesto, pero para mí fueron como una alfombra mágica en la cual se podía viajar para hablar con los griegos que todavía vivían, por alguna razón, en el Renacimiento. O ir por Galicia con un grupo de muertos en una carroza junto a un Sochantre, que escribía crónicas y que no sabía que sus exquisitos compañeros de viaje habían muerto hacía mucho. 

A través de las páginas de Cunqueiro me entero de algunos hechos notables que en su época fueron noticias muy poco conocidas. Por ejemplo, que a la ciudad de Saché fue Balzac a esconderse de sus acreedores que lo persiguieron varios años por deudas impagas. En estas huidas por territorio francés, Balzac llegó una vez a disfrazarse de mujer para alquilar un cuarto donde pasaba los días escribiendo. Para evitar a los vecinos aducía que su reciente viudez no la dejaba socializar por respeto al difunto. Otra noticia es del siglo XIV y es tan bella que no puede darse por pasada. Trata de la esposa de Tamerlán, Bibí Janun, quien no era natural de Mongolia sino de la China. Se dice que era tan hermosa que su belleza hizo que las mariposas la siguieran hasta Samarcanda donde conoció al gran Mongol, el Cabalgador de la Negra Trenza. Una vez esposa de Tamerlán, Bibí quiso celebrar a su conquistador esposo (mientras este andaba ocupado conquistando el mundo) con la construcción de una mezquita que debía tener una enorme cúpula color turquesa. Para ello contrató al maestro persa, Guka Saniz, quien se enamoró perdidamente de ella. Y, afiebrado de amores, este Guka arquitecto le solicitó a Bibí que accediera a sus peticiones pasionales amenazándola con detener la construcción de la gran mezquita. Se dice que Guka era el único que conocía el secreto de la construcción de la cúpula, lo cual le valió bien poco porque el secreto de la cúpula fue descubierto después por Filippo Brunelleschi cuando los Medici le encargaron la construcción de Il Duomo de Florencia. Pero volviendo a la historia de Bibí. Temerosa ella que Guka cumpliera su amenaza accedió a que el maestro persa le besara una mejilla, pero en último momento se arrepintió colocando su mano entre su rostro y los labios besadores del arquitecto imperial. Se dice que la impura pasión de Guka le quemó la mano a Bibí y que Tamerlán enterado del suceso mandó a arrojar al arquitecto de lo alto de una torre, pero que éste conocía no sólo el secreto de la geometría de la cúpula, sino también ciertas artes mágicas y huyó volando. Ya sabía yo que de alguna parte le venía tanta osadía a este persa besador. 

Otros papeles de Cunqueiro sirven para informarse, pero también para instruirse en materia de asuntos prácticos, que es como se gobierna el mundo de hoy. Por ejemplo, si uno sabe —como los bizantinos— el nombre de un viento, puede pedirle que amaine y desista de andar recorriendo el mundo derribando árboles, extraviando navíos y silbando de noche. Eso sí, a los vientos porfiados hay que llamarlos por sus títulos y recordarles quiénes fueron sus padres. Otro artículo del gallego advierte a las mujeres en estado de dar a luz, sobre los peligros de comer carne de animal macho, sea este faisán, ciervo, ternerillo o gallo, pues se sabe que en Siam la bella reina Sirikit los tenía por alimentos prohibidos durante los nueve meses de gestación, no fuera la futura madre a dar a luz algunos de estos animales y no un robusto y sano descendiente imperial.  Sigo leyendo y me encuentro con que la lectura de las páginas gallegas de Cunqueiro lo lleva a uno a lamentar que ciertas prácticas antiguas se perdieran como, por ejemplo, que los amantes aprendieran el arte de la poesía y el de acariciar los pies desnudos. O también las siete formas de anudar un viento al mástil de un galeote portugués. Es que vivimos en tiempos muy apresurados y estas cosas requieren de mucho estudio y paciencia. 

Ahora bien, la gran literatura postula que los buenos libros son serios y algunos escritores serios son más bien aburridos, falsos y pretenciosos. Cunqueiro nunca caía en el pecado capital de la narrativa moderna que es pretender que narrar y entretener son dos asuntos distintos. Más aún si el autor que escribe es un erudito, gastrónomo y visitador de mujeres bien de Galicia. Yo le debo a Cunqueiro —como se la debo a Borges— mi pasión por la literatura fantástica. A Umbral le adeudo el grato recuerdo de este escritor que todavía leo y un humor que quizás aprendí a reconocer no en el mismo Umbral, sino en Guevara, Quevedo, Cervantes y, por supuesto, en su amigo, Camilo José Cela. O sea, este artículo es una suma de deudas, pero de deudas felices. Tal vez algún día nos sentemos a celebrar Umbral, Cunqueiro y yo y algunos de esos ángeles gallegos que Cunqueiro nunca encontró. No es arriesgado pensar que en un encuentro así podríamos imaginar, reírnos, comer algún guiso gallego y seguir pensando que todo eso también es literatura porque la buena literatura se parece también a la buena vida.

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