Por Kurt Folch

Se suele considerar que la filosofía y la poesía comparten un origen común. Su relevancia tiene que ver con este nacimiento doble definiría el rigen de la inteligencia y del lenguaje. Ahora bien, si se consideran con un poco más de atención no es difícil llegar a afirmar que en ese origen común pareciera que es la capacidad del hacer metafórico o alegórico la que parece incluso anterior al gesto filosófico. Es decir, el origen de la humanidad, en la materia gris del mona/o, tiene como fuente original a la imagen poética. Esto es por supuesto un mito, el mito; pero posterior al mito, y solo posterior al mito, serían posibles la fábula, el cuento, relato, la leyenda, la tradición, la historia, etc., hasta hoy.  La urgencia del presente nos hace caer en la sospecha de si todo aquello ha valido la pena. Necesitamos autoafirmarnos. Camus, en el Hombre rebelde, sostiene que si había una pregunta en particular que debía intentar responder la filosofía era la del suicida: ¿la vida vale la pena o no de ser vivida? Aquí entonces es donde el poeta Muñoz hace gala, de forma sutil y elegante de su formación profesional.

Enoc Muñoz no solo es poeta, sino que además es un filosofo de formación rigurosa. Esta es una mezcla complicada. Más aun si consideramos el parentesco entre poema y reflexión filosófica. Si para Nicanor Parra, que era matemático, el lenguaje de la ciencia calzó a la perfección en la retórica antipoética, el lenguaje filosófico, en cambio, suele jugarle malas pasadas al impulso lírico. La cuestión es que estos cruces disciplinarios no siempre funcionan. No son pocos los poetas que además son filósofos y no es infrecuente que haya filósofos que se consideran o quieren ser considerados como poetas. No es infrecuente un resultado penoso. La poesía y el poema si bien son posibilidades del conocimiento, quizá, como hemos dicho, la posibilidad más arcaica y original, no funcionan bien bajo el yugo de un sistema y vocabulario filosóficos. Simplemente porque un poema requiere siempre de poseer un aspecto o aura oracular: el misterio, la ambigüedad, la incerteza absoluta. Cómo entonces retornar a lo oracular, la ambigüedad y al misterio alegóricos si se trata siempre del mismo problema a través de los mismos medios. La misma poesía, en su permanente proceso de replanteamiento, se oscurece y desgasta de referencias emblemáticas, pero asimismo las reactualiza. En este caso Alrededor en el corazón se inserta dentro de ese proceso que apoyado en la tradición lírica resignifica lo que se da por descartado, revitalizando la imagen de lo que es el corazón de lo lírico, del poema, del lenguaje y finalmente lo que sea que entendamos por humano, y que espera una respuesta a la pregunta sobre el valor positivo de la vida. En este sentido el título del libro insinúa, o declara abiertamente, una actitud sorprendente. Digo esto pensando que mucho más comprensible para cualquiera de nosotros sería un título del tipo “Alrededor en algún circulo del infierno” o algo parecido. Digo, sería más comprensible por la simple constatación que cada uno de nosotros puede hacer del mundo: cemento, esclavitud, pobreza, hostilidad, feísmo. Entonces, nuevamente se trataría de la poesía como refugio melancólico del lugar común y el sentimentalismo. Aunque la palabra “corazón”, y las ideas y conceptos que se le vinculan parecieran encontrarse en la actualidad, en la estratosfera, en la tumba o el congelador, rápidamente se comprende que aquí  no se trata de sentimentalismo, ni de lugares comunes. Los epígrafes nos preparan o advierten:

Dos frases vinieron a impactarme particularmente
en el curso de este proceso. Una de estas es de Cornelius
Castoriadis:
“todo conspira para lo mismo.”

La otra, de Emily Dickinson:
“Pero yo prometí no decir nada
¿Cómo podría romper Mi palabra?”

No, no se nos lleva por ningún circulo del infierno porque uno ve lo que es y viceversa. Incluso en el infierno hay un corazón que nombrar. El movimiento nómade sugerido con la frase “alrededor en” reactiva las posibilidades, el paisaje, el relieve, del espacio en que nos movemos: El corazón, el órgano central, que pulsa, palpita, respira, oxigena la sangré y la hace fluir. El corazón, como símbolo solar, se vincula no solo con la vida misma, desde una óptica positiva, sino que también con la fuerza, la valentía, la amistad, el amor y los afectos, etc. El corazón es el sol del cuerpo. La mente es su luna. Ambos regulan nuestras altas y bajas mareas. Un alrededor en el corazón es un alrededor en la mente también. Veamos cómo:

Los tres apartados que constituyen el libro proyectan un movimiento, un errar nómade alrededor de un núcleo vivo cuya fuerza de gravedad asimismo atrae tal movimiento. Se trata de un errar del lenguaje, la memoria, y el pensamiento. El corazón viene a ser la sustancia de la conciencia que reúne en sí -como en oriente- el ojo de la mente. Los flujos de sentido en el vacío que media en la respiración, el silencio y la sílaba, generan la borra que el poema llega a ser, cargado con “las piedras apretadas en una palabra”. En la mineralización de sus propios residuos el poema se pone en movimiento. La estatua de sal, los vestigios, de tal errar, aparecen ante la percepción y la determinan. El discurso del ya-no-más y el demasiado-tarde del presente cotidiano es desafiado por el lenguaje del poema. Claridad del pensamiento cargado con la geología del pensamiento. Y en este caso, esa concentración analítica desconfigura el patrón común de cualquier imagen pre-concebida. Esta poesía, “De tanto entrar a verse la carne”, suele alcanzar la abstracción de lo irreductible y lo modifica, situándose entre el ya-no y el no-aún; de camino de. El proceso de claridad y abstracción no es geométrico, sino orgánico y mineral. El poema, entre el silencio y el sistema de discursos, nos sitúa más allá del mito, la fábula, la profecía o la formula. Los poemas, en tanto sedimentos de la particular sincronización del pensamiento crítico y la voz lírica, sospechan del decir precisamente porque no se puede sino decir. El lenguaje entonces vuelve a su condición más arcaica: escuchar, y el sustrato alcanza con toda naturalidad lo oracular. El decir de una intuición que se ha refinado desde sus raíces. Alguien lee y las “visiones” quedan atrapadas en “la caracola de los gritos”; la sílaba, las palabras, son “las señas respondidas / Relanzadas las arenas / en el plazo de la mariposa / alguien leerá / hacia el rumbo de los brotes abandonados”. No se trata de hostilidad hacia los aspectos de la experiencia, negándola y maldiciéndola, sino que, a sabiendas del dolor, la hostilidad y la muerte; dando por hecho que el poema es “la alianza de nada a nadie”; el proceso está inspirado por la hospitalidad del escuchar los fenómenos y la materia, lo que hace menos atroz aquella soledad insalvable. No hay rastros de resentimiento, con aplomo y madurez Enoc Muñoz, comprueba que “entre las alas del corazón / se abrió paso el polvo de los caminos / Hasta que cayeron las hojas / para volar y pudrirse”; sin embargo, y al mismo tiempo, el abandono y lo desconocido pueden ser explorados también a través del misterio y la belleza cotidianos: “La inmensidad / Que todas las cosas vuelvan / a la soledad de su rincón”.

Enoc Muñoz ha sido uno de nuestros poetas solitarios. Posiblemente uno de los más subterráneos y silenciosos, sin duda, uno de los mejores. Por fin, entonces, la publicación de este libro. Por fin, este libro de Enoc Muñoz. De tanto en tanto la poesía aparece tal y como es, en su transparente oscuridad. Y esta es de la mejor poesía a la que se puede acceder.

Limache, enero 2022.


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