«Son los argentinos quienes todo narran y nada cantan —me dijo con esas “ce haches” remarcadas— al contrario del chileno cuyo talento derrocha, con mayor pericia y maestría, nombrando las cosas más que contando los hechos ―recordé la distinción que hiciera la Susan Sontag en “La prosa de un poeta”, aparecido en Cuestión de énfasis (Alfaguara, 2007): la prosa cuenta, la poesía nombra y todo eso. La literatura chilena tiene mejor tono, che, son afinaditos, mientras que el ritmo del argentino, su prosodia y su arte de narrar, parece un instinto casi nulo en el chileno…tartamudean mucho, che, se van por las ramas, la metáfora los consume. No es impertinente recordar que vuestros dos premios nobeles sean poetas, y tampoco (che) que la mejor prosa latinoamericana haya encontrado su fuente, su gallina de los huevos de oro, precisamente en los contornos del Rio de la Plata, y esto por una rara razón que nadie ha sabido dilucidar, pero que tienen como factor común el río. Esto explicaría lo que fue un Onetti, por ejemplo, o lo que es Pedro Mairal, y en el extremo más reflexivo y manido, un Sergio Chejfec, o a uno de los más grandes, y del que no me cabe duda es uno de los mayores prosistas en español del siglo pasadojunto con el chileno Germán Marín, que es una maravillosa excepción (¿y el Mapocho no es río?, pensé)― Juan José Saer. El río sin orillas (1991; lamentablemente no reeditado), sin ir más lejos, es uno de los prodigios de la prosa en lengua castellana.

En fin, como verán, esta hipérbole no la inventé yo, me la contó un argentino, una tarde cálida y nebulosa, ni fu ni fa, en la librería donde trabajo, en la editorial Universitaria, en ese instante en que la gente desaparece de la ciudad de sopetón como en la peli 28 Days Later de Danny Boyle, cuando no entra nadie ni a mirar. Se acercó de repente a mi puestito al fondo de la librería, con esa impronta tan porteña, tan italiana, el che, cuyo nombre logré olvidar, para ponerse a relatarme episodio a episodio su biografía de lector; en un punto lo interrumpí (no paraba la cháchara) y le pregunté si escribía —ay! esa pregunta obscena tan propia del rubro— y me contestó que ni modo, que se dedicaba a tocar el piano en una orquesta, y los fines de semana a lo mismo en alguno que otro bar. Como ven, un lector nato, puro, que además de darme una clase magistral de poesía chilena (sí, un argentino) me alumbró dos nombres de autores enormes que, de alguna manera anacrónica, permanecían ocultos, quizás debido precisamente a su enormidad, como por ser los árboles que impiden ver el propio bosque: uno era Juan L. Ortiz (Juanele para los amigos), poeta, y el otro Salvador Benesdra, novelista de una sola novela y escritor de libros de autoayuda; cada uno a su modo orillero de la tradición. Ortiz, especialmente, por utilizar el río como el daguerrotipo de su escritura, versos finos prontos a desaparecer, y Benesdra, más vulgar, por su locura y trastorno tan citadino, orillando siempre la razón y, de hecho, dejándolo en evidencia con su precoz suicidio de autoayuda.

Siempre me han llamado la atención los orilleros, o los excéntricos como me gusta llamarles, siguiendo la distinción del maestro Pitol (el vanguardista se maneja en grupos, el excéntrico anda solo), y no precisamente por su soledad o por ese halo insufrible de malditismo, sino por su capacidad de crear mundos apartes, independientes de la-re-la-re-la-realidad. Deleuze y Guattari lo ejemplifican a la perfección con Kafka y la denominada literatura menor, o Beatriz Sarlo, a su modo, en ese ensayo maravilloso llamado Borges, un escritor en las orillas (Siglo XXI, 1995). Ambos textos se refieren a este tipo de escritor que simulando estar aparte, sigue operando desde ese lugar fronterizo como una fuerza centrífuga: Borges en Latinoamérica irradiando su cosmopolitismo exquisito, Kafka en su extrañeza original y ese afán programático (o testarudo) de escribir en la lengua del imperio, que no era la suya, el alemán.

orilla de RIO

Hay una delgada línea que separa la orilla del vacío. Vila-Matas en su Bartleby y compañía (Anagrama, 2000) armó un diccionario con estos escritores con debilidad por la desaparición, que cruzaron esta línea dejando de escribir. Se me viene en mente, a propósito de bartlebys, el voluminoso y caótico archivo del argentino Patricio Pron. En El Libro Tachado (Turner, Noema, 2014), sin mucha empatía aunque generoso para con el lector, hallamos un sinnúmero de casos insólitos que evidencian los raros motivos del silencio en la literatura, por ejemplo, los de aquellos que voluntariamente se sumergen en la bruma del olvido, como deseando con ambición sempiterna desaparecer a la manera de Benesdra; sería el caso de Néstor Sánchez, promesa de la nueva narrativa de los 60 en Argentina, donde compartía derroteros nada menos que con Manuel Puig, quien decide un día, bendecido o aquejado por un delirio místico ―sepa el lector cual― mudarse a Nueva York para dedicarse a la indigencia más rigurosa. Su obra se estancó en tres sugerentes títulos, y luego ya no vino más que los mitos y leyendas que giraron en torno al vagabundo argentino que erra por las calles de la gran manzana. Se le hizo un tributo en Buenos Aires creyéndole muerto y murió realmente el 2003 en el pabellón de un hospital proletario de Villa Pueyrredón.

Como vemos, hay autores que trabajan con el olvido, como otros que, mucho más etéreos, son de lleno absorbidos por éste, ya sea por la indiferencia de sus lectores o presuntos espectadores, ya sea por sus votos de no publicidad. Sigismund Krzyzanowski es uno de estos otros, nacido en Kiev en 1887 y muerto en Moscú en 1950, escribió cerca de tres mil quinientas páginas de muy buena prosa y no publicó ninguna, jamás. Su única novela, El club de los asesinos de letras (edición en español del 2012 por Ediciones del Subsuelo), en parte manifiesto de los que dicen no a la publicación, parece una de Dan Brown, pero tan prodigiosamente narrada que se ha convertido hoy en fuente de culto.

Pero están también, lamentablemente, los autores que desaparecen de verdad, los autores que se mueren, los que surcan nuestros cementerios de carne putrefacta, los verdaderos muertos. El 27 de noviembre de 1983, en el municipio de Mejorada del Campo, España, de camino al Primer Encuentro de Escritores Hispanoamericanos que se celebraría en Bogotá, los escritores Ángel Rama (Uruguay), Jorge Ibargüengoitia (México), Marta Traba (Argentina) y Manuel Scorza (Perú) pierden la vida en un accidente aéreo. Lo curioso es que lo más delicado y sublime de las letras latinoamericanas de entonces se va de un sopetón, trágicamente, por una falla del controlador aéreo, dejando algunas obras fundamentales, pero definitivamente el mal gusto de ver corromperse ese talento y esa potencial obra al alero de eventos tan trágicos como mortales.

Al argentino no lo he vuelto a ver, quizás haya sido una mera visión producto de mi letargo o de mis lecturas de Philip Dick; quizás —aunque espero de todo corazón que no— se haya muerto; o quizás, qué se yo, simplemente cruzó la línea.

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