¿Quién tiene derecho a contar nuestra historia? ¿Y quién tiene la atribución para negarnos este derecho?

LAPAVASon algunas de las interrogantes que surgen tras leer La Pava, primera novela de la chilena Mandy Gutmann-González y que fue publicada por Ediciones Inubicalistas de Valparaíso en el 2016. Nuestra historia es nuestra identidad, y cómo la contamos debe ser nuestro derecho intrínseco, y es por esto que los personajes en La Pava se sumen en una búsqueda multidireccional para conocer/comprender su pasado y dilucidar a su luz las posibilidades del futuro inmerso en el sopor del presente.

El escenario: las áridas laderas rurales de Kutral, la frialdad y la pólvora de un Santiago convulso, la monótona tristeza del desierto de Calama. La línea de tiempo es doblez: comienza en la capital en 1984, en los tiempos abruptos de la dictadura, y nos traslada a 1998 en el presente, donde tres niños estragados despuntan los indicios de su personalidad en medio de una aparente burbuja bucólica.

Nino es el chico nuevo en el pueblo de Kutral, donde sus padres se han trasladado para desempeñar la función de perito forense tras un brutal terremoto —¿Punitaqui 1997?—. Guille es el hijo mayor de un matrimonio asimétrico y disfuncional, del cual debe encubrir los trastornos del bestial alcoholismo de su progenitor. A la solitaria y soñadora Catalina, sus compañeros de escuela la han denominado “la Pava” despectivamente, en un ambiente donde la astucia para alterar la simple vida campesina es altamente valorada. Me detengo un momento: en mi opinión, es inmensamente injusto que ese sea el nombre social de Catalina, una niña esmirriada que ha sufrido un doble abandono por parte de su madre y que ha sido criada por una abuela esotérica y consumida por el luto de vivir. Es difícil concordar con el título de la novela, a no ser que se trate de un énfasis irónico y rebelde, un desafío para entender a Catalina y adentrarnos en la riqueza de su mundo onírico, el cual es incluso capaz de impactar en su realidad cotidiana.

La historia de Catalina es la historia de la desaparición constante de su madre, una figura adornada entre mitos y cuentos para ir a dormir de su abuela Clemencia. La clave para entender quién es en realidad, piensa Catalina, radica en descubrir qué le pasó a Rosa Prieto y por qué la versión de su muerte cambia una y otra vez en labios de la horadada Clemencia. Catalina incluso emprende su propia y efímera odisea para dar con el paradero de un recuerdo, guiada por visiones premonitorias y, muchas veces, febriles; debido a que todas sus acciones están motivadas por la misma pregunta: ¿qué le pasó a mi madre y por qué nadie quiere decírmelo?

La verdad es hiriente, atroz; una muestra de la violencia que recorre los escombros de la intolerante Kutral, y las llagas de la historia chilena. Sólo a los lectores nos es dado conocerla, casi al mismo tiempo en que van surgiendo las incógnitas, en la voz de la mismísima Rosa, narradora impetuosamente juvenil y para nada indiferente a la represión que su país está sufriendo —quizás tan absorbida por el sufrimiento ajeno que se vuelve inmune al sufrimiento prójimo.

A esta saga de mujeres se unen las voces del dolor de Guille —acongojado por la discriminación que acusan sus parientes, por la miseria cíclica de su familia socavada por el alcohol— y Nino —cuya apariencia y halo extranjero desemboca en una cruda alteridad interior cuando despierte en él su homosexualidad—, y la misteriosa y fugaz voz de la verdad final, la persona que sabe lo que le pasó a Rosa. Ninguna de las verdades postreramente reveladas deviene en un consuelo ni para Catalina, Nino o Guille, pero han sido el primer motor para iniciar un proceso fatal y necesario: la pérdida de la inocencia infantil y el avistamiento del mundo adulto, cuyo umbral es rondado por la identidad de cada cual. Y es que cada cual tiene derecho a contar de su propia historia sólo lo que quiera compartir de ella, hecho o leyenda, cotidianeidad o ensueño, y lo que decida comunicar conformará de manera consciente la proyección de su labrada identidad propia.

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